Lo público y lo privado

 Privatizar. Ésa es la solución mágica que los neoliberales (y otros que dicen no serlo, pero lo son…) han propuesto desde siempre. Y ahora más que nunca, aprovechando esta crisis/estafa que tiene al país en quiebra económica y sobre todo social.

“Lo público es un despilfarro. Lo privado es más eficiente.”, dicen. Falso. Si la sanidad no fuera sostenible, ninguna empresa privada querría hacerse con ella. Sólo lo rentable se puede privatizar. Por otro lado, lo público no necesita ser rentable, sólo sostenible; mientras que lo privado exige beneficios, que por lo general se consiguen empeorando el servicio y/o las condiciones de los trabajadores. Y por último, si lo público no es eficiente, es responsabilidad de quienes lo gestionan, que precisamente son los mismos que lo privatizan. La verdad de esta historia es que lo público es un servicio y lo privado, un negocio. Ni más ni menos. Un pingüe negocio para las empresas privadas… y para los que privatizan.

 Es la famosa puerta giratoria” entre lo público y lo privado. Entran por un lado y salen por el otro. Aunque prefiero la definición de Cayo Lara, que los llamó Caballos de Troya”. Eso es lo que son. Políticos al servicio del capital, que entran en política no para hacer un servicio a la sociedad, sino para desmantelar los servicios públicos a mayor gloria de determinados bolsillos, ya de por sí llenos.

 El último caso ha sido el de Juan José Güemes, exconsejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid. Por entonces, se encargó personalmente de privatizar el servicio de análisis clínicos. Casualmente, el pasado agosto fichó por Unilab, la empresa que (también casualmente, claro) se ha hecho cargo de ese servicio. Ya sabemos a qué se refería Güemes cuando en 2008 dijo que “la Sanidad puede ser una gran negocio.”

 La maniobra es legal, sí. La ley marca dos años, y han pasado cuatro. Y Güemes ha dimitido del cargo, forzado por el escándalo mediático. Pero eso no tapa el olor a chanchullo. Al contrario, deja bien a las claras el porqué de esa obsesión en privatizarlo todo. Negocio. Dinero. Capitalismo, al fin y al cabo.

Imagen

  Devolver favores al privatizador de turno no es nada nuevo. Felipe González, que privatizó Enagás en 1994, es ahora consejero en Gas Natural, empresa beneficiada en aquella operación, a razón de 125.000€ anuales. José María Aznar, quien privatizó Endesa en 1998, es ahora consejero de ésta, por el módico precio de 200.000€ anuales. Ambos sin renunciar a su pensión vitalicia, que pagamos todos. Un caso reciente: Rodrigo Rato, que tras el desastre de Bankia ha sido premiado con un cargo de 100.000€ al año en Teléfonica/Movistar, la empresa que él mismo privatizó siendo Ministro de Economía del gobierno de Aznar.

 Podríamos seguir: Elena Salgado y Pedro Solbes (Endesa/Enel), Ángel Acebes (Iberdrola), Eduardo Zaplana (Telefónica), Abel Matutes e Isabel Tocino (Banco Santander), etc, etc… los vínculos entre quienes gobiernan y quienes ostentan el verdadero poder (es decir, el dinero), son más que evidentes. No nos extrañe entonces que las leyes que hacen los primeros sean siempre las que convienen a los segundos. No se muerde la mano que te da de comer, sobre todo sin es tan generosa. Y dejo una reflexión: el PP acaba de privatizar otra parte de la Sanidad madrileña. Los artífices: Ignacio González y Javier Fernández-Lasquetty. Veremos dónde trabajan (o de dónde cobran, mejor dicho) dentro de unos años. Se admiten apuestas.

 Éste, y no otro, es el porqué de las privatizaciones. El porqué de su empeño en que lo que es de todos pase a ser sólo de unos pocos. El porqué de que servicios básicos como la Sanidad pasen a manos de empresas privadas para las que la prioridad no es nuestra salud, sino sus beneficios. No es por el bien general, no es por la crisis, no es por sostenibilidad ni por eficiencia… Es porque, como dijo Escipión a los que traicionaron a Viriato, Roma no pagaba a traidores. Pero España sí.

En la sala de los espejos

La maquinaría de guerra del PP funciona perfectamente. Justo es admitirlo. Está bien engrasada y haciendo su función. Han colocado entre la realidad y la ciudadanía un espejo distorsionador, como los de las casas de espejos de las ferias, por el que pasan todas y cada una de sus medidas y decisiones antes de que lleguen a la población. Y están logrando, pasito a pasito, que muchos (demasiados) estén empezando a confundir a víctimas y verdugos, a amigos y enemigos, creando “buenos y malos” como si de cine made in Hollywood se tratase.

La reforma laboral es buena, justa y necesaria; que asuma todo el sacrificio el trabajador y ninguno el empresario es de sentido común. El despido se abarata para que no se despida a nadie, y a los trabajadores se les quitan derechos para que vivan mejor. Los sindicatos son anti-obreros y culpables del paro, y la CEOE lo hace todo por nuestro bien porque es como una ONG quasi marxista. Que Díaz Ferrán esté imputado por robar es casi una anécdota, que un sindicalista tome una caña tras una manifestación es un pecado imperdonable. Que CCOO y UGT reciban subvenciones es aberrante; que los reciba la patronal, la Fundación Francisco Franco o FAES no tiene nada de malo. Que haya 5 millones de parados mientras gobiernan otros es intolerable, que en dos meses ellos doblen la media de parados del gobierno anterior es irrelevante y no hay que obsesionarse con las cifras.

Los recortes son inevitables, pero para no hacer recortes a la Iglesia Católica no hay ningún problema. Que estudiantes, padres y profesores pidan en la calle una eduación de calidad es casi terrorismo, que la policía los trate como a delincuentes entra dentro del Estado de Derecho. Que la mujer pueda decidir sobre su maternidad es ignominioso, que no pueda conciliar la vida familiar con la laboral si decide serlo es ser moderno y eficaz. Hacer una manifestación el 11M es una falta de respeto, pero llevar años insultando a Pilar Manjón e intoxicando sobre los atentados es ejemplar. Que partidos políticos apoyen las protestas o la huelga es irresponsable, pero cuando ellos se echaban a la calle junto a los obispos era por sentido de la responsabilidad. El matrimonio gay hay que prohibirlo porque resulta ofensiva tanta libertad; pero la libertad del dinero y de comercio es sacrosanta, inviolable. Cambiar la Constitución junto al PSOE para contentar a los mercados es positivo, hacer que se respeten los artículos que protegen a los ciudadanos es problemático y contraproducente. Que haya dinero para gasto militar y no para ayudar a los indigentes es razonable, multar a esos indigentes por dormir en la calle o pedir limosna es cuestión de buen gusto. Dan mala imagen.

Hacer una huelga general está injustificado, usar el rodillo para imponer una reforma esclavista es democracia. Pedir dignidad para las víctimas del franquismo es reabrir heridas, homenajear a franquistas muertos es un acto de justicia. Dos contenedores ardiendo es violencia extrema, miles de familias desahuciadas son cosas que pasan. Que lo que afecta a los ciudadanos sean leyes de obligado cumplimiento y lo que afecta a la banca sean “recomendaciones”, es lógico. Cuestionar la monarquía es anticonstitucional, votar contra la dación en pago y pasarse por el forro el derecho constitucional a la vivienda es de estadistas. Hay que acabar con el derecho al aborto, porque la vida es lo más importante; pero cerrar quirófanos y cancelar planes contra el SIDA es cuestión de austeridad. No hay dinero para becas pero sí 1 millón de euros para gases lacrimógenos, porque es mejor reprimir que educar. Quitar las ayudas a mujeres maltratadas es una obligación dadas las circunstancias, destinar fondos a apoyar la tauromaquía es proteger la “marca España”. Lo público es un despilfarro y los impuestos una lacra, pero salvar los errores del capital privado con dinero público está justificado. Dejar de invertir en I+D no es un problema, gastar dinero en las Olimpiadas de Madrid es una inversión. Bajar los sueldos es necesario, dar dinero a los bancos al 1% para que nos lo den a nosotros al 5% y se forren es ayudar a reflotar la economía. Podríamos seguir, pero creo que ya es suficiente…

Así se ven las cosas a través de esos espejos de feria que el PP ha puesto entre el Congreso y la calle. El mundo se ve bocabajo, retorcido, deformado… más gordo o más flaco, más alto o más bajo, según convenga. Como en la sala de los espejos, a veces ni siquiera te reconoces a ti mismo en la imagen proyectada.

Pero la realidad, tozuda, sigue estando ahí, ante nuestros ojos. Sólo tenemos que romper el espejo.