Piquetes de derechas

Ayer, tras la confirmación de la convocatoria de huelga general para el día 29 de marzo, las hordas de la derecha más retrógrada comenzaron su campaña de acoso y derribo contra la huelga. Pude comprobarlo en primera persona en Twitter. Por suerte o por desgracia, un tuit mío de apoyo a la huelga tuvo una repercusión considerable, lo cual me hizo recibir la visita de varios cientos de tuiteros, unos con más respeto que otros, criticando la huelga y a mí por apoyarla. Curioso como soy, me dio por hacer un rápido estudio de campo sobre el tipo de perfiles que invadían mi timeline (esperando encontrar empresarios y miembros de NNGG, lo admito), y me encontré con algo curioso: la gran mayoría de antihuelguistas eran perfiles de nueva creación, sin apenas seguidores ni comentarios publicados; y todos repetían exactamente los mismos argumentos (es un decir…). La conclusión parece clara: eran perfiles falsos, trolls , creados ad hoc  para torpedear la huelga en la red. ¿Espóntaneo, casual? No, algo así no surge de la nada. Una pieza más dentro de una estrategia de desmovilización planificada desde hace tiempo, una campaña perfectamente orquesta… pero con fisuras.

La primera fisura de su estrategia está en la propia reforma laboral. Pretenden disfrazarla de justa y necesaria, cueste lo que cueste. Pero ni una cosa ni la otra, la reforma es tan injusta, tan desequilibrada y antisocial, que es prácticamente imposible hacerla pasar por lo contrario, por más que sus palmeros mediáticos dediquen horas y horas de radio y TV, pseudo-debates, portadas, redes sociales, etc… a intentar lavar el cerebro a la manipulable masa acrítica que deambula por este país. Por cierto, ¿tanto apoyo es gratis? La publicidad es muy cara. Y al PP le están haciendo una campaña publicitaria de primer nivel…¿gratis? Quizá sepamos el precio acordado cuando veamos algunos cargos que se tienen que asignar, empezando por EFE o RTVE.

Juegan con el miedo, sin escrúpulos de ningún tipo. Saben que el miedo paraliza, como el veneno de algunas serpientes, y quieren aprovecharlo para colarnos una aberración esclavista que nada tiene que ver con las cifras del paro. El paro sólo es la excusa perfecta. Hasta ellos admiten que la reforma no creará empleo. Es más, lo destruirá casi con toda seguridad. Pero el motivo de esta reforma sí tiene que ver con cifras, aunque no sean las del desempleo. Más bien tiene relación con esas cifras -ya de por sí llenas de ceros- que tienen las cuentas de sus amigos de la CEOE (en paraísos fiscales, claro. Lo de “arrimar el hombro” queda para los pobres, eso de pagar impuestos es de pringaos ). Abrir la brecha entre ricos y pobres, para que el poder de los ricos sobres los pobres sea el mayor posible. No es sólo cuestión de dinero. Sobre todo es cuestión de poder. Lucha de clases, de toda la vida.

La piedra angular de la campaña del PP, que va a ir incrementando su intensidad a medida que se acerque el ‘Día D’, es atacar a los sindicatos. Desprestigiarlos, descalificarlos y desacreditarlos (más si cabe). Pues bien, ahí reside su segunda fisura estratégica. Porque manda narices, hace falta ser torpe… Hablemos claro: Con lo mal que lo han hecho los sindicatos, con la cantidad de argumentos que vienen dando desde hace años para criticarlos, con todos los puntos débiles por donde se les puede atacar (que no voy a ser yo quién los diga aquí, al enemigo ni agua…) han ido atacar por donde más fácil es rebatir las críticas: por un lado las famosas subvenciones y los liberados, y por otro su falta de independencia de partido políticos y su ‘compadreo’ con el PSOE.

Las dichosas subvenciones. Bien. Yo soy el primero que quiere sindicatos autónomos y autofinanciados. Pero, amigos neoliberales, no se puede criticar a los sindicatos por estar subvencionados, cuando resulta que los primeros que reciben dinero público, mucho dinero público, son el propio PP… y la CEOE. Sí, la patronal, a la que no se critica por ello, recibe el doble de dinero en subvenciones que CCOO y UGT juntos. Con el agravante de que al menos, los sindicatos usan parte de ese dinero público para defender (con mayor o menor fortuna) los servicios públicos y los funcionarios. Mientras que la CEOE recibe un dinero de todos que utiliza para potenciar el sector privado y desmantelar el sector público, el mismo que le paga las subvenciones. Así que antes de criticar, harían bien en mirarse el ombligo, porque no se puede estar poniendo la mano y criticar al de enfrente por hacer lo mismo. Ligado a esto va siempre la crítica a los liberados sindicales, insistente y reiterada. Pues mire usted, sorpresas te da la vida, resulta que la CEOE tiene más “liberados” que los sindicatos. En concreto, hay 8 empleados de la CEOE por cada liberado sindical. Y como sabemos que la patronal recibe dinero público, es de suponer que a esos “liberados patronales” los pagamos entre todos. Pero de esos no se habla, porque no interesa. Volvemos a tener un serio problema de vista y ombligos.

Segunda crítica, la independencia. De nuevo, soy el primero que quiere sindicatos independientes. Pero a lo que no estoy dispuesto es a soportar demagogias de a peseta el manojo. ¿Que los sindicatos tienen vínculos con partidos políticos? Claro… ¿y la CEOE y el PP, acaso no tienen vínculos? ¿Es la CEOE independiente del PP, y vicecersa? ¿Pero qué broma es ésta? Como si no fuera evidente que, si la patronal ha dado largas a la negociación colectiva durante meses, ha sido porque sabía que el PP iba a ganar las elecciones y le convenía esperar a que sus socios estuvieran en el poder. O que la reforma laboral estaba pactada por ambos de antemano, mientras la CEOE se sentaba cínicamente a simular una negociación con los sindicatos, a sabiendas de que el PP le iba a dar todo lo que pidiera por el “democrático” método del rodillo parlamentario.

Así que, señores del PP y la CEOE, acepten un modesto consejo: Si quieren atacar a los sindicatos, háganlo. Pero no lo hagan por hacer exactamente lo mismo que hacen ustedes, porque además de hipócrita y demagógico, es ridículo.

A mí me trae sin cuidado el reloj de Méndez. Me importa bien poco cómo pasa sus vacaciones Toxo. No apoyo a las cúpulas de los sindicatos mayoritarios, y creo que son en gran parte responsables de la falta de conciencia de clase de este país. Pero es que ése no es el tema, ni debe ser motivo para no apoyar una huelga totalmente justa y justificada. Además, también convocan esta huelga otros sindicatos como CGT, Solidaridad ObreraCNT (que ni recibe subvenciones ni tiene liberados), así que el que no quiera sumarse a la convocatoria de CCOO y UGT, puede hacerlo a la de alguno de los otros, con su conciencia tranquila. Porque lo importante esta vez no es con quién vamos, sino contra qué vamos. Contra una reforma injusta dirigida a cargar todos, absolutamente todos los esfuerzos sobre el trabajador, que para colmo es quien menos culpa tiene de la situación actual. Que nadie pierda de vista que nos enfrentamos al mayor ataque a los trabajadores que ha visto nuestra joven (y deficitaria) democracia.

Iré a la huelga general. Pero no por Toxo, ni por Méndez, ni muchísimo menos por el PSOE. Iré por mí y por mis compañeros, por nuestros derechos, por nuestra dignidad como trabajadores. Iré por los que lucharon antes que yo, por los que se partieron la cara para que ahora tengamos esos derechos. ¿O alguien cree que las condiciones que tenemos (jornada de 8 horas, vacaciones pagadas, permisos de maternidad, seguridad social, etc…) han caído del cielo y han existido siempre? No padre. Estos derechos se conquistaron, uno por uno, y costaron sacrificios y sangre. Por respeto a los que lucharon por ellos, no puedo quedarme de brazos cruzados mientras nos los quitan. Y también iré, por supuesto, por los que vendrán después de mí, a los que no quiero tener que explicar en un futuro que ellos viven peor de lo que viví yo, porque fuimos unos cobardes resignados que no quisimos defender lo que teníamos.

¿De verdad estáis dispuestos a mirar dentro de unos años a la cara a los niños de hoy y decirles: “Os toca pelear por unos derechos que vuestros abuelos ya tenían, pero nosotros nos dejamos quitar”? Yo desde luego, no. Si les tengo que decir que no logré defenderlos y los perdí, sea. Pero decirles que no quise hacerlo y los regalé… de eso ni hablar. Si quieren mis derechos, que vengan a por ellos. No los voy a entregar en bandeja de plata.

Por eso yo, el 29 de marzo, a la huelga general. Allí nos vemos.

Réquiem sindical

Soy afiliado a CCOO desde hace ya mucho tiempo. Durante algunos años de mi vida, fui delegado de este sindicato en el comité de empresa y europeo de una multinacional, secretario general de la sección sindical, y miembro de diferentes ejecutivas de CCOO tanto a nivel federal como en la unión intercomarcal, amén de otras responsabilidades. No digo esto para presumir de currículum sindical ni para que parezca que soy más que nadie, sólo pretendo dejar claro que lo que voy a decir lo digo desde el cariño y respeto que le tengo a este sindicato al que ya no reconozco como propio. Y que al primero que le duele todo esto es a mí.

CCOO siempre fue para mí un ejemplo a seguir. Una organización fuerte, nacida de forma ilegal durante el franquismo, cuando realmente era duro ser sindicalista. Gran parte de la lucha antifranquista pasó por las manos de aquellas pequeñas comisiones de obreros que se atrevían a levantar la voz contra la dictadura. El sindicato de mi abuelo. Crecí con esa romántica idea en la cabeza, y en cuanto se presentó la oportunidad no dudé en encabezar sus listas para unas complicadas elecciones en una empresa durísima en lo sindical. Luché cuanto pude y lo mejor que supe en su nombre, dí la cara por el sindicato donde y frente a quien hizo falta, sin titubeos. Y ahora me pregunto en qué situación me encontraría en este momento si no hubiera abandonado mis responsabilidades sindicales y tuviera que defender al sindicato a día de hoy… sinceramente, no sabría ni por dónde empezar.

Un inciso: antes de empezar una crítica que a algunos puede molestar, quiero aclarar que aunque voy a generalizar, porque si no el artículo sería interminable, sé perfectamente que en CCOO hay miles de sindicalistas honestos y comprometidos, buena gente que trabaja a diario por el bien de sus compañeros y de la clase obrera, a los que estas críticas no deben molestar pues no van con ellos. Pero otra cosa distinta es la política pusilánime de la cúpula del sindicato (y de quienes los mantienen ahí, que los Congresos no se ganan a punta de pistola). Es responsabilidad suya y de direcciones anteriores, que éste ya no sea, ni mucho menos, el sindicato de clase y combativo que un día fue. Otra cosa importante: todo lo que voy a decir sobre CCOO, es perfectamente aplicable a UGT. Pero como mi sindicato es Comisiones Obreras, y es el que me duele, prefiero hablar de él y no meterme en casa ajena. Dejo la crítica a UGT para sus afiliados, si es que consideran conveniente hacerla.

Hace ya mucho tiempo (desde el infame VI Congreso) que CCOO va cuesta abajo y sin frenos. Cada acuerdo que se ha firmado era peor que la anterior, cada líder del sindicato era menos comprometido y más moderado que el anterior. Perros lacayunos, que diría Anguita. Se ha pasado de ser un sindicato de izquierdas, obrero, de clase, a abrazar de manera bochornosa no ya el capitalismo o la socialdemocracia, sino directamente las políticas liberales. Bien sea por convicción, por comodidad, por intereses velados o por puro conformismo.

La firma de este último acuerdo con la CEOE (para colmo de indignidad, en el 35 aniversario de la matanza de Atocha, bonita forma de honrar su memoria…) es la gota que colma el vaso. No voy a entrar a analizar en detalle los acuerdos. Doctores tiene la Iglesia y seguro que se hablará mucho, y mejor de lo que lo pueda hacer yo, sobre cómo nos han quitado la subida salarial del IPC hasta 2015, o cómo han concedido toda la flexibilidad del mundo a las empresas para disponer de nuestro tiempo a su antojo, descolgarse de convenios, etc…  a cambio de nada.

El acuerdo es pésimo para los intereses de los trabajadores, de eso no hay duda. Yo diría que incluso para el país en general, pues creo que agravará la crisis. Pero es que también lo es para los intereses del propio sindicato. Es la puntilla, el tiro de gracia. La poca credibilidad que le pudiera quedar a CCOO se ha ido por el sumidero a velocidad de vértigo. El prestigio perdido, a cambio de nada.

Algunos me dirán que era mejor salvar lo que se pudiera, que sin acuerdo hubiera sido peor, que hay que tener sentido de la responsabilidad… Y yo les diré que no. Primero, porque no se ha salvado nada. No hay en el acuerdo una sola medida que beneficie a los trabajadores que se supone representan. Ni siquiera alguna compensación, por pequeña que sea, por los sacrificios que se nos exigen. Segundo, porque la primera responsabilidad de un sindicato es para con los trabajadores. Y tercero, porque una vez has pactado, no puedes echarte a la calle a protestar contra unas medidas que llevan tu firma y por lo tanto tu beneplácito, tu aprobación y tu consentimiento. Las manos atadas. Y la narcótica “paz social”, ésa que sólo existe cuando el oprimido se rinde al opresor, servida en bandeja también a cambio de nada.

La postura lógica, digna y hasta diría que obligada ante este tipo de propuestas y del continuo vacile de la patronal (sabedora de que no necesita negociar, porque tiene un gobierno títere dispuesto a imponer una reforma a su medida), era levantarse de la mesa y echarse a la calle. Así lo aprendí yo, y lo curioso es que lo aprendí dentro de ese mismo sindicato. Los mismos agoreros de antes me dirán que la gente no se mueve, que la huelga corre el riesgo de fracasar, que no hay conciencia de clase… y yo les diré que tienen parte de razón. Esta sociedad no es la de principios de los 80, está más acomodada y es menos combativa. Pero también les diré que esa falta de conciencia, esa nula confianza de la clase obrera en sus sindicatos, esa resignación y ese derrotismo, son en gran medida culpa de esos mismos sindicatos que, lejos de potenciar la lucha de clases, de dar una imagen firme y combativa y de hacerse valer y respetar, llevan años dando una imagen de complicidad y compadreo con la patronal y el gobierno de turno que en nada ayudan a que los trabajadores puedan sentirse identificados con ellos, seguir sus directrices o depositarles su confianza.

He dudado mucho si escribir esto. Porque cuando uno ha sido sindicalista nunca deja del todo de serlo, y porque siempre me ronda la cabeza esa idea de que los sindicatos son necesarios, y darles la espalda significa hacerle el trabajo sucio a una derecha que sería feliz si despareciesen definitivamente. Pero no soy amigo de adhesiones inquebrantables, y además creo que ese miedo a debilitar a los sindicatos es en parte lo que nos ha llevado hasta aquí, por ser demasiado tolerantes con su política de recoger migajas a cambio de perder derechos. Necesitamos sindicatos, por supuesto. Son imprescindibles. Lo que ya no tengo claro es si los que tenemos nos sirven de algo. Por lo tanto, prefiero decir lo que pienso y quizá, si lo hacemos muchos, la cosa cambie. Callar no ha funcionado.

Aquí queda pues mi mensaje, como afiliado y ex-sindicalista de CCOO. Escrito en caliente, que a veces es lo mejor. Éste ya no es mi sindicato. Ni el mío, ni el de millones de trabajadores que durante décadas se sintieron defendidos y protegidos por CCOO, identificados con estas siglas y lo que representaban. No sé si aún se está a tiempo de recuperar la dignidad, de volver a la raíces y ser lo que nunca debió dejar de ser. Lo dudo mucho, aunque me consta que muchos compañeros opinan igual que yo y están más que hartos de tanta concesión y tanto servilismo inútil.

Yo ya he hecho mi reflexión. Ahora le toca a otros hacerla. El añorado compañero Marcelino Camacho, un sindicalista de verdad, dijo una vez:
–  “¡Ni nos domaron, ni nos doblaron, ni nos van a domesticar!”.
Que piensen los actuales líderes de CCOO si están haciendo honor a esas palabras, o si deben irse a casa y dejar trabajar a los que no estén domados, doblados ni domesticados.

¿Reforma? Sí, pero empresarial.

Llevamos ya mucho tiempo con la espada de Damocles de una nueva reforma laboral amenazando nuestros pescuezos. De momento no hay acuerdo entre patronal y sindicatos, entre otras cosas porque la CEOE sabe perfectamente que sólo necesita hacer un paripé en la negociación, a la espera de que el PP le conceda vía decretazo de mayoría absoluta lo que los sindicatos aún le niegan. Despido más barato, máxima flexibilidad, congelación salarial, etc, etc.

Todas las propuestas de la CEOE va en una única dirección: quitarnos derechos y precarizar el mercado de trabajo. Ni una sola propuesta de mejora de infraestructuras, de inversión en investigación y desarrollo, de mejoras en la formación y en tecnología, de conciliación de vida laboral… nada que no sea mano de obra más barata, menos derechos para los trabajadores y menos impuestos para ellos. Las medidas que propone la patronal dan para un análisis profundo y demoledor del tipo de empresario que nos ha tocado sufrir en este país.

Veamos. ¿Cuáles son los países donde los trabajadores tienen más derechos y mejores condiciones laborales? Los países nórdicos (Suecia, Noruega…) y otros como Francia, por ejemplo. ¿Y dónde peor están los trabajadores? Pues países como Rumanía, Hungría… o Grecia. El tercer país donde más horas se trabaja de Europa es el que tiene la crisis más grave. El que menos, Francia, es la segunda economía de la eurozona. ¿Casualidad? Para nada.
Unos trabajadores con unas buenas condiciones de vida, que se sienten valorados en su trabajo, con un salario digno, horarios razonables, que pueden conciliar su vida laboral y personal, con coberturas sociales y estabilidad laboral… son más felices. Y por lo tanto, más productivos, esa palabra mágica que tanto gusta a los empresarios. Por el contrario, un obrero explotado, con condiciones penosas en su trabajo, infravalorado, sin vida privada por jornadas interminables, sin estabilidad ya sea por la temporalidad o por un despido barato, y para colmo con la amenaza de los número rojos constantemente en la cabeza, no tiene ni la motivación ni las condiciones para ser productivo. Al contrario, siente no le debe nada a la empresa y por lo tanto, aplica la ley del mínimo esfuerzo. ¿Cómo puedes pedir implicación a quién no das nada a cambio? ¿Cómo esperas que se sienta partícipe de un proyecto y dé lo mejor de sí mismo? La explotación no es productiva y por lo tanto tampoco competitiva, porque en eso los asiáticos son imbatibles.

Aún así, la CEOE está empeñada en que nos parezcamos más a Grecia que a Francia. Lejos de acercarnos a la cabeza de Europa, lo que quieren es convertirnos en la mano de obra barata de la UE. Nada de competir con Francia o Alemania, nuestra liga estará luchando con los países del este o asiáticos a ver quién trabaja más barato (y peor). Lo cual deja claro que lo que necesitamos no es una reforma laboral: es una reforma empresarial.

– Porque no es de recibo que para ser competitivos, la única medida que contemple la CEOE sea obreros más baratos. Alemania, Francia, Inglaterra o Suecia tienen una mano de obra infinitamente más cara que la nuestra y son mucho más competitivos que el resto de países europeos con mano de obra precaria. Ese argumento no es válido, basta con mirar alrededor.

– Porque no es creíble que abaratar el despido sirva para que baje el paro. Si no fuera por los contratos fijos con indemnización de 45 días, ahora mismo no serían 5 millones de parados, serían 6 o 7. O eso, o bien tendríamos miles de trabajadores con años de experiencia y rozando los 50 en el paro, sustituidos por jóvenes temporales con contratos de 600 euros.

– Porque la idea de “trabajar más por menos” no se sostiene. Se supone que no hay trabajo, porque no hay demanda. Entonces, si los que ya tienen trabajo trabajan más, ¿cómo se va a crear empleo? Imposible, por pura matemática. Es más: si hay poco que hacer y además cada trabajador hace más horas, en cada empresa sobrarán trabajadores. Más paro. Menos trabajadores y cobrando menos pero haciendo la misma faena. Eso sólo trae más plusvalía para el empresario. Bueno para sus bolsillos, pero para nada más.

– Porque congelar salarios y hacer rebajas fiscales tampoco va a generar empleo. Si los trabajadores, que son la mayoría de ciudadanos, no tienen dinero para reactivar el consumo interno, da igual lo barato que salga contratar. Si no se compra, no se vende. Si no se vende, no se fabrica. Y si ni se vende ni se fabrica, no se contrata. Aunque sea con salario de semi-esclavitud y con impuestos cero. Así son las reglas de este capitalismo y esa economía de mercado que ellos mismos defienden con uñas y dientes.

Porque todos, absolutamente todos los esfuerzos para sacar esto adelante los exigen al trabajador y al Estado. Pero no están dispuestos a poner absolutamente nada de su parte. Ni una sola propuesta hay sobre la mesa que signifique el más mínimo sacrificio para ellos.

Por esa estrechez de miras, por esas posiciones egoístas, esclavistas y decimonónicas, es por lo que necesitamos una reforma empresarial más que laboral. Son ellos los que deben cambiar, reciclarse, mejorar. Si su única manera de gestionar una empresa, hacerla rentable y obtener beneficios es explotar a sus trabajadores, habrá que llegar a la conclusión de que en realidad la “casta” empresarial de este país no son sino un pandilla de parásitos, incapaces de hacer prosperar sus negocios si no es a costa del sacrificio de los demás y de un reparto injusto de la riqueza generada.

Tan maltrecha está su imagen socialmente, que incluso la neolengua ha tenido que venir a rescatarlos inventando un nuevo nombre para ellos para evitar el rechazo que generan: ahora son “emprendedores”. Bueno, tal vez en otros países haya eso que llaman emprendedores. Aquí, lo que tenemos son empresarios de los de toda la vida, anclados en viejas fórmulas que no conducen a nada. Herederos de una tradición de caciques y señoritos de cortijo que poco o nada tiene que ver con esa imagen de empresarios modernos, eficaces y preparados que se vende asociada al concepto de emprendedor.

Así que lo que deben hacer los sindicatos no es sentarse en la mesa a ver si pueden salvar algo de la quema o recoger algunas migajas que vender en la prensa, sino plantarse y dejarles claro que aquí los que se tienen que reformar (en el sentido más amplio del término) son ellos.