En la sala de los espejos

La maquinaría de guerra del PP funciona perfectamente. Justo es admitirlo. Está bien engrasada y haciendo su función. Han colocado entre la realidad y la ciudadanía un espejo distorsionador, como los de las casas de espejos de las ferias, por el que pasan todas y cada una de sus medidas y decisiones antes de que lleguen a la población. Y están logrando, pasito a pasito, que muchos (demasiados) estén empezando a confundir a víctimas y verdugos, a amigos y enemigos, creando “buenos y malos” como si de cine made in Hollywood se tratase.

La reforma laboral es buena, justa y necesaria; que asuma todo el sacrificio el trabajador y ninguno el empresario es de sentido común. El despido se abarata para que no se despida a nadie, y a los trabajadores se les quitan derechos para que vivan mejor. Los sindicatos son anti-obreros y culpables del paro, y la CEOE lo hace todo por nuestro bien porque es como una ONG quasi marxista. Que Díaz Ferrán esté imputado por robar es casi una anécdota, que un sindicalista tome una caña tras una manifestación es un pecado imperdonable. Que CCOO y UGT reciban subvenciones es aberrante; que los reciba la patronal, la Fundación Francisco Franco o FAES no tiene nada de malo. Que haya 5 millones de parados mientras gobiernan otros es intolerable, que en dos meses ellos doblen la media de parados del gobierno anterior es irrelevante y no hay que obsesionarse con las cifras.

Los recortes son inevitables, pero para no hacer recortes a la Iglesia Católica no hay ningún problema. Que estudiantes, padres y profesores pidan en la calle una eduación de calidad es casi terrorismo, que la policía los trate como a delincuentes entra dentro del Estado de Derecho. Que la mujer pueda decidir sobre su maternidad es ignominioso, que no pueda conciliar la vida familiar con la laboral si decide serlo es ser moderno y eficaz. Hacer una manifestación el 11M es una falta de respeto, pero llevar años insultando a Pilar Manjón e intoxicando sobre los atentados es ejemplar. Que partidos políticos apoyen las protestas o la huelga es irresponsable, pero cuando ellos se echaban a la calle junto a los obispos era por sentido de la responsabilidad. El matrimonio gay hay que prohibirlo porque resulta ofensiva tanta libertad; pero la libertad del dinero y de comercio es sacrosanta, inviolable. Cambiar la Constitución junto al PSOE para contentar a los mercados es positivo, hacer que se respeten los artículos que protegen a los ciudadanos es problemático y contraproducente. Que haya dinero para gasto militar y no para ayudar a los indigentes es razonable, multar a esos indigentes por dormir en la calle o pedir limosna es cuestión de buen gusto. Dan mala imagen.

Hacer una huelga general está injustificado, usar el rodillo para imponer una reforma esclavista es democracia. Pedir dignidad para las víctimas del franquismo es reabrir heridas, homenajear a franquistas muertos es un acto de justicia. Dos contenedores ardiendo es violencia extrema, miles de familias desahuciadas son cosas que pasan. Que lo que afecta a los ciudadanos sean leyes de obligado cumplimiento y lo que afecta a la banca sean “recomendaciones”, es lógico. Cuestionar la monarquía es anticonstitucional, votar contra la dación en pago y pasarse por el forro el derecho constitucional a la vivienda es de estadistas. Hay que acabar con el derecho al aborto, porque la vida es lo más importante; pero cerrar quirófanos y cancelar planes contra el SIDA es cuestión de austeridad. No hay dinero para becas pero sí 1 millón de euros para gases lacrimógenos, porque es mejor reprimir que educar. Quitar las ayudas a mujeres maltratadas es una obligación dadas las circunstancias, destinar fondos a apoyar la tauromaquía es proteger la “marca España”. Lo público es un despilfarro y los impuestos una lacra, pero salvar los errores del capital privado con dinero público está justificado. Dejar de invertir en I+D no es un problema, gastar dinero en las Olimpiadas de Madrid es una inversión. Bajar los sueldos es necesario, dar dinero a los bancos al 1% para que nos lo den a nosotros al 5% y se forren es ayudar a reflotar la economía. Podríamos seguir, pero creo que ya es suficiente…

Así se ven las cosas a través de esos espejos de feria que el PP ha puesto entre el Congreso y la calle. El mundo se ve bocabajo, retorcido, deformado… más gordo o más flaco, más alto o más bajo, según convenga. Como en la sala de los espejos, a veces ni siquiera te reconoces a ti mismo en la imagen proyectada.

Pero la realidad, tozuda, sigue estando ahí, ante nuestros ojos. Sólo tenemos que romper el espejo.

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Réquiem sindical

Soy afiliado a CCOO desde hace ya mucho tiempo. Durante algunos años de mi vida, fui delegado de este sindicato en el comité de empresa y europeo de una multinacional, secretario general de la sección sindical, y miembro de diferentes ejecutivas de CCOO tanto a nivel federal como en la unión intercomarcal, amén de otras responsabilidades. No digo esto para presumir de currículum sindical ni para que parezca que soy más que nadie, sólo pretendo dejar claro que lo que voy a decir lo digo desde el cariño y respeto que le tengo a este sindicato al que ya no reconozco como propio. Y que al primero que le duele todo esto es a mí.

CCOO siempre fue para mí un ejemplo a seguir. Una organización fuerte, nacida de forma ilegal durante el franquismo, cuando realmente era duro ser sindicalista. Gran parte de la lucha antifranquista pasó por las manos de aquellas pequeñas comisiones de obreros que se atrevían a levantar la voz contra la dictadura. El sindicato de mi abuelo. Crecí con esa romántica idea en la cabeza, y en cuanto se presentó la oportunidad no dudé en encabezar sus listas para unas complicadas elecciones en una empresa durísima en lo sindical. Luché cuanto pude y lo mejor que supe en su nombre, dí la cara por el sindicato donde y frente a quien hizo falta, sin titubeos. Y ahora me pregunto en qué situación me encontraría en este momento si no hubiera abandonado mis responsabilidades sindicales y tuviera que defender al sindicato a día de hoy… sinceramente, no sabría ni por dónde empezar.

Un inciso: antes de empezar una crítica que a algunos puede molestar, quiero aclarar que aunque voy a generalizar, porque si no el artículo sería interminable, sé perfectamente que en CCOO hay miles de sindicalistas honestos y comprometidos, buena gente que trabaja a diario por el bien de sus compañeros y de la clase obrera, a los que estas críticas no deben molestar pues no van con ellos. Pero otra cosa distinta es la política pusilánime de la cúpula del sindicato (y de quienes los mantienen ahí, que los Congresos no se ganan a punta de pistola). Es responsabilidad suya y de direcciones anteriores, que éste ya no sea, ni mucho menos, el sindicato de clase y combativo que un día fue. Otra cosa importante: todo lo que voy a decir sobre CCOO, es perfectamente aplicable a UGT. Pero como mi sindicato es Comisiones Obreras, y es el que me duele, prefiero hablar de él y no meterme en casa ajena. Dejo la crítica a UGT para sus afiliados, si es que consideran conveniente hacerla.

Hace ya mucho tiempo (desde el infame VI Congreso) que CCOO va cuesta abajo y sin frenos. Cada acuerdo que se ha firmado era peor que la anterior, cada líder del sindicato era menos comprometido y más moderado que el anterior. Perros lacayunos, que diría Anguita. Se ha pasado de ser un sindicato de izquierdas, obrero, de clase, a abrazar de manera bochornosa no ya el capitalismo o la socialdemocracia, sino directamente las políticas liberales. Bien sea por convicción, por comodidad, por intereses velados o por puro conformismo.

La firma de este último acuerdo con la CEOE (para colmo de indignidad, en el 35 aniversario de la matanza de Atocha, bonita forma de honrar su memoria…) es la gota que colma el vaso. No voy a entrar a analizar en detalle los acuerdos. Doctores tiene la Iglesia y seguro que se hablará mucho, y mejor de lo que lo pueda hacer yo, sobre cómo nos han quitado la subida salarial del IPC hasta 2015, o cómo han concedido toda la flexibilidad del mundo a las empresas para disponer de nuestro tiempo a su antojo, descolgarse de convenios, etc…  a cambio de nada.

El acuerdo es pésimo para los intereses de los trabajadores, de eso no hay duda. Yo diría que incluso para el país en general, pues creo que agravará la crisis. Pero es que también lo es para los intereses del propio sindicato. Es la puntilla, el tiro de gracia. La poca credibilidad que le pudiera quedar a CCOO se ha ido por el sumidero a velocidad de vértigo. El prestigio perdido, a cambio de nada.

Algunos me dirán que era mejor salvar lo que se pudiera, que sin acuerdo hubiera sido peor, que hay que tener sentido de la responsabilidad… Y yo les diré que no. Primero, porque no se ha salvado nada. No hay en el acuerdo una sola medida que beneficie a los trabajadores que se supone representan. Ni siquiera alguna compensación, por pequeña que sea, por los sacrificios que se nos exigen. Segundo, porque la primera responsabilidad de un sindicato es para con los trabajadores. Y tercero, porque una vez has pactado, no puedes echarte a la calle a protestar contra unas medidas que llevan tu firma y por lo tanto tu beneplácito, tu aprobación y tu consentimiento. Las manos atadas. Y la narcótica “paz social”, ésa que sólo existe cuando el oprimido se rinde al opresor, servida en bandeja también a cambio de nada.

La postura lógica, digna y hasta diría que obligada ante este tipo de propuestas y del continuo vacile de la patronal (sabedora de que no necesita negociar, porque tiene un gobierno títere dispuesto a imponer una reforma a su medida), era levantarse de la mesa y echarse a la calle. Así lo aprendí yo, y lo curioso es que lo aprendí dentro de ese mismo sindicato. Los mismos agoreros de antes me dirán que la gente no se mueve, que la huelga corre el riesgo de fracasar, que no hay conciencia de clase… y yo les diré que tienen parte de razón. Esta sociedad no es la de principios de los 80, está más acomodada y es menos combativa. Pero también les diré que esa falta de conciencia, esa nula confianza de la clase obrera en sus sindicatos, esa resignación y ese derrotismo, son en gran medida culpa de esos mismos sindicatos que, lejos de potenciar la lucha de clases, de dar una imagen firme y combativa y de hacerse valer y respetar, llevan años dando una imagen de complicidad y compadreo con la patronal y el gobierno de turno que en nada ayudan a que los trabajadores puedan sentirse identificados con ellos, seguir sus directrices o depositarles su confianza.

He dudado mucho si escribir esto. Porque cuando uno ha sido sindicalista nunca deja del todo de serlo, y porque siempre me ronda la cabeza esa idea de que los sindicatos son necesarios, y darles la espalda significa hacerle el trabajo sucio a una derecha que sería feliz si despareciesen definitivamente. Pero no soy amigo de adhesiones inquebrantables, y además creo que ese miedo a debilitar a los sindicatos es en parte lo que nos ha llevado hasta aquí, por ser demasiado tolerantes con su política de recoger migajas a cambio de perder derechos. Necesitamos sindicatos, por supuesto. Son imprescindibles. Lo que ya no tengo claro es si los que tenemos nos sirven de algo. Por lo tanto, prefiero decir lo que pienso y quizá, si lo hacemos muchos, la cosa cambie. Callar no ha funcionado.

Aquí queda pues mi mensaje, como afiliado y ex-sindicalista de CCOO. Escrito en caliente, que a veces es lo mejor. Éste ya no es mi sindicato. Ni el mío, ni el de millones de trabajadores que durante décadas se sintieron defendidos y protegidos por CCOO, identificados con estas siglas y lo que representaban. No sé si aún se está a tiempo de recuperar la dignidad, de volver a la raíces y ser lo que nunca debió dejar de ser. Lo dudo mucho, aunque me consta que muchos compañeros opinan igual que yo y están más que hartos de tanta concesión y tanto servilismo inútil.

Yo ya he hecho mi reflexión. Ahora le toca a otros hacerla. El añorado compañero Marcelino Camacho, un sindicalista de verdad, dijo una vez:
–  “¡Ni nos domaron, ni nos doblaron, ni nos van a domesticar!”.
Que piensen los actuales líderes de CCOO si están haciendo honor a esas palabras, o si deben irse a casa y dejar trabajar a los que no estén domados, doblados ni domesticados.

Ya intenté rendirme una vez.

Ya intenté rendirme una vez
y esconderme entre el gentío,
contagiarme del hastío,
ser un ave de corral.
Intenté rendirme una vez,
presa del desengaño
quise sumarme al rebaño,
llevar cencerro y bozal.

Lo intenté pero no pude
quitar de mi sangre el rojo,
mirar con los mismos ojos
a víctima y a verdugo.
Lo intenté pero no supe
vivir en la indiferencia,
asumir con complacencia
el vivir bajo su yugo.

Ya intenté rendirme una vez,
callar frente a la injusticia,
no maldecir su codicia,
enterrar la rebeldía.
Intenté rendirme una vez,
ser sumiso y obediente,
desafilar uñas, dientes,
renunciar a la utopía.

Lo intenté pero no supe
dejar de levantar el puño,
al escuchar sus rebuznos
justificar la barbarie.
Lo intenté pero no pude,
porque tengo en la memoria
a quien lejos de la victoria
no se rindió ante nadie.

Ya intenté rendirme una vez… y no pude.

¿Reforma? Sí, pero empresarial.

Llevamos ya mucho tiempo con la espada de Damocles de una nueva reforma laboral amenazando nuestros pescuezos. De momento no hay acuerdo entre patronal y sindicatos, entre otras cosas porque la CEOE sabe perfectamente que sólo necesita hacer un paripé en la negociación, a la espera de que el PP le conceda vía decretazo de mayoría absoluta lo que los sindicatos aún le niegan. Despido más barato, máxima flexibilidad, congelación salarial, etc, etc.

Todas las propuestas de la CEOE va en una única dirección: quitarnos derechos y precarizar el mercado de trabajo. Ni una sola propuesta de mejora de infraestructuras, de inversión en investigación y desarrollo, de mejoras en la formación y en tecnología, de conciliación de vida laboral… nada que no sea mano de obra más barata, menos derechos para los trabajadores y menos impuestos para ellos. Las medidas que propone la patronal dan para un análisis profundo y demoledor del tipo de empresario que nos ha tocado sufrir en este país.

Veamos. ¿Cuáles son los países donde los trabajadores tienen más derechos y mejores condiciones laborales? Los países nórdicos (Suecia, Noruega…) y otros como Francia, por ejemplo. ¿Y dónde peor están los trabajadores? Pues países como Rumanía, Hungría… o Grecia. El tercer país donde más horas se trabaja de Europa es el que tiene la crisis más grave. El que menos, Francia, es la segunda economía de la eurozona. ¿Casualidad? Para nada.
Unos trabajadores con unas buenas condiciones de vida, que se sienten valorados en su trabajo, con un salario digno, horarios razonables, que pueden conciliar su vida laboral y personal, con coberturas sociales y estabilidad laboral… son más felices. Y por lo tanto, más productivos, esa palabra mágica que tanto gusta a los empresarios. Por el contrario, un obrero explotado, con condiciones penosas en su trabajo, infravalorado, sin vida privada por jornadas interminables, sin estabilidad ya sea por la temporalidad o por un despido barato, y para colmo con la amenaza de los número rojos constantemente en la cabeza, no tiene ni la motivación ni las condiciones para ser productivo. Al contrario, siente no le debe nada a la empresa y por lo tanto, aplica la ley del mínimo esfuerzo. ¿Cómo puedes pedir implicación a quién no das nada a cambio? ¿Cómo esperas que se sienta partícipe de un proyecto y dé lo mejor de sí mismo? La explotación no es productiva y por lo tanto tampoco competitiva, porque en eso los asiáticos son imbatibles.

Aún así, la CEOE está empeñada en que nos parezcamos más a Grecia que a Francia. Lejos de acercarnos a la cabeza de Europa, lo que quieren es convertirnos en la mano de obra barata de la UE. Nada de competir con Francia o Alemania, nuestra liga estará luchando con los países del este o asiáticos a ver quién trabaja más barato (y peor). Lo cual deja claro que lo que necesitamos no es una reforma laboral: es una reforma empresarial.

– Porque no es de recibo que para ser competitivos, la única medida que contemple la CEOE sea obreros más baratos. Alemania, Francia, Inglaterra o Suecia tienen una mano de obra infinitamente más cara que la nuestra y son mucho más competitivos que el resto de países europeos con mano de obra precaria. Ese argumento no es válido, basta con mirar alrededor.

– Porque no es creíble que abaratar el despido sirva para que baje el paro. Si no fuera por los contratos fijos con indemnización de 45 días, ahora mismo no serían 5 millones de parados, serían 6 o 7. O eso, o bien tendríamos miles de trabajadores con años de experiencia y rozando los 50 en el paro, sustituidos por jóvenes temporales con contratos de 600 euros.

– Porque la idea de “trabajar más por menos” no se sostiene. Se supone que no hay trabajo, porque no hay demanda. Entonces, si los que ya tienen trabajo trabajan más, ¿cómo se va a crear empleo? Imposible, por pura matemática. Es más: si hay poco que hacer y además cada trabajador hace más horas, en cada empresa sobrarán trabajadores. Más paro. Menos trabajadores y cobrando menos pero haciendo la misma faena. Eso sólo trae más plusvalía para el empresario. Bueno para sus bolsillos, pero para nada más.

– Porque congelar salarios y hacer rebajas fiscales tampoco va a generar empleo. Si los trabajadores, que son la mayoría de ciudadanos, no tienen dinero para reactivar el consumo interno, da igual lo barato que salga contratar. Si no se compra, no se vende. Si no se vende, no se fabrica. Y si ni se vende ni se fabrica, no se contrata. Aunque sea con salario de semi-esclavitud y con impuestos cero. Así son las reglas de este capitalismo y esa economía de mercado que ellos mismos defienden con uñas y dientes.

Porque todos, absolutamente todos los esfuerzos para sacar esto adelante los exigen al trabajador y al Estado. Pero no están dispuestos a poner absolutamente nada de su parte. Ni una sola propuesta hay sobre la mesa que signifique el más mínimo sacrificio para ellos.

Por esa estrechez de miras, por esas posiciones egoístas, esclavistas y decimonónicas, es por lo que necesitamos una reforma empresarial más que laboral. Son ellos los que deben cambiar, reciclarse, mejorar. Si su única manera de gestionar una empresa, hacerla rentable y obtener beneficios es explotar a sus trabajadores, habrá que llegar a la conclusión de que en realidad la “casta” empresarial de este país no son sino un pandilla de parásitos, incapaces de hacer prosperar sus negocios si no es a costa del sacrificio de los demás y de un reparto injusto de la riqueza generada.

Tan maltrecha está su imagen socialmente, que incluso la neolengua ha tenido que venir a rescatarlos inventando un nuevo nombre para ellos para evitar el rechazo que generan: ahora son “emprendedores”. Bueno, tal vez en otros países haya eso que llaman emprendedores. Aquí, lo que tenemos son empresarios de los de toda la vida, anclados en viejas fórmulas que no conducen a nada. Herederos de una tradición de caciques y señoritos de cortijo que poco o nada tiene que ver con esa imagen de empresarios modernos, eficaces y preparados que se vende asociada al concepto de emprendedor.

Así que lo que deben hacer los sindicatos no es sentarse en la mesa a ver si pueden salvar algo de la quema o recoger algunas migajas que vender en la prensa, sino plantarse y dejarles claro que aquí los que se tienen que reformar (en el sentido más amplio del término) son ellos.

Privatizando Boi, privatizando vengo…

Muchos venimos denunciando desde hace tiempo que los salvajes recortes en la sanidad pública que está llevando a cabo CiU en Cataluña son evitables, y que no responden a una necesidad imperiosa ni a la redundante crisis, ni siquiera al expolio ni al déficit fiscal; sino a una estrategia perfectamente planificada y calculada cuyo objetivo no es otro que privatizar la sanidad. Un pingüe negocio del que a día de hoy, los socios y amigos del Sr. Boi Ruiz (Conseller de Sanitat de la Generalitat) no pueden sacar tajada.

Empezamos a verle las orejas al lobo cuando la Generalitat, mientras anunciaba los “ineludibles” recortes sanitarios, eliminaba un impuesto de sucesiones que, casualmente, beneficia sólo a las 500 familias más pudientes de Cataluña, a la vez que resta de las arcas autonómicas unos 130 millones de euros imprescindibles en tiempos de crisis. Si no hay dinero para sanidad, no hay justificación posible para bajar impuestos, y mucho menos si es a los ricos. Salvo que lo que se pretenda sea meter a la sanidad pública en un pozo que justifique su privatización. Quedó constatado el poco cariño y el nulo interés que CiU tiene por la sanidad pública.

Tampoco hacía falta ser un lince, la verdad. La designación de Boi Ruiz como conseller dejaba a las claras desde un principio las malas intenciones de Artur Mas y su “Govern dels millors”. Porque seamos serios… si nombras Conseller de Sanitat a un señor cuyo currículo nos cuenta que ha sido durante 16 años Director General y/o Presidente de la Unió Catalana d’Hospitals, la patronal del sector sanitario privado en Cataluña, no lo haces pensando en que tenga como idea principal defender y potenciar la sanidad pública frente a los intereses privados. Más bien al contrario, son tan evidentes sus contactos con el sector privado y las mutuas como fácil es deducir de qué lado están sus lealtades y obligaciones. Por cierto, también es vocal de Foment del Treball, la patronal catalana. Otro motivo para confiar en él, qué duda cabe…

Su último movimiento no ha hecho más que confirmar las sospechas. Fuera caretas. Ya habla el Sr. Ruiz de obligar a contratar sanidad privada a determinadas rentas, sin especificar dónde se pondría el listón que defina quién está obligado a dar beneficios a sus amigos de las mutuas y quien no.
La propuesta se ha lanzado al aire a la espera de que la recoja el PP, pero no por falta de voluntad de CiU de aplicar ese sistema, sino porque es competencia del gobierno central tomar semejante decisión y CiU no puede hacerlo por su cuenta en Cataluña. Dicho sea de paso, sin ser un experto, tengo la impresión de que esa medida atenta contra la Constitución, aunque ya sabemos por experiencia que les bastan 15 días para cambiarla a su antojo si el lobby adecuado presiona lo suficiente.

  La táctica de Boi Ruiz es sibilina, maquiavélica. Lanza el globo sonda, pero plantea la propuesta hablando de las rentas más altas. Es decir, el mensaje implícito es:
“No se preocupen ustedes, clases medias y obreras, que esto sólo va a afectar a los ricos y para la gran mayoría nada cambiaría. Es más, incluso se podrían evitar recortes…”

Este mensaje tiene la intención de que creamos que la medida no es tan mala. Pretende hacernos caer en el error de pensar: “El que tenga dinero que pague, claro que sí, mientras a mí no me afecte…”.
Es una trampa. Nos afectará. Si abrimos la puerta a ese tipo de políticas, será un error histórico sin marcha atrás. Para empezar, porque la intención inmediata es un sanidad privada para ricos y una pública, pero de baja calidad y sin recursos, para los pobres.
Pero lo peor es que si ahora se aplica a las rentas más altas y se consiguen unos cuantos miles de clientes para sus socios, dentro de unos años ese listón bajará y ya no serán miles de clientes sino millones, y no serán clase alta sino media; y más adelante volverá a bajar hasta que todos seamos clientes forzosos de las mutuas, hayamos perdido un derecho fundamental y por el camino los amigos del Conseller se hayan forrado un poco más. Algo que sin duda celebrarán con cava catalán en las Islas Caimán o Suiza cuando se lleven allí nuestro dinero para evitar pagar impuestos, como buenos patriotas que son.

Su avaricia no conoce límites. Si nos creemos que se van a conformar con obligar a los pudientes y tener miles de clientes, cuando pueden obligarnos a todos y tener millones, es que no hemos aprendido nada… 

O reflexión, o genuflexión

La jornada de reflexión, otro de los muchos defectos de nuestro sistema electoral. Pero ya que la tenemos… usémosla.

Reflexionemos pues. Veremos entonces que tiene mucho sentido castigar a un gobierno que ha hecho políticas de derechas, usando el voto de gente de izquierdas. Eso no es sólo una decepción: es una traición, como ha admitido hoy mismo su candidato en la Cadena SER.

Es evidente que el PSOE se ha sometido dócilmente al dictado de la banca y  los mercados (¿acaso no son lo mismo?), a Merkel y Sarkozy, a Botín, a la CEOE y si me apuran incluso a Obama. Que se dedicaron a bajar impuestos a los ricos alegremente, para luego darse cuenta de que faltaba dinero en caja y entonces lanzarse al cuello de las clases populares para hacerles pagar el pato a base de recortes. Que no quisieron o no supieron frenar una burbuja inmobiliaria que si bien no la crearon ellos, tampoco hicieron nada para combatirla. Que dieron dinero público a los bancos sin tener las más mínimas garantías de que ese dinero iba a ir a manos de ciudadanos y PYMES, acabando éste en el bolsillo de los propios banqueros. Podría seguir, pero no quiero aburrir.

Todo esto es cierto, y es indiscutible que se han ganado a pulso una derrota clamorosa y un voto de castigo. Pero reflexionemos de nuevo. Si hay que castigarles por hacer políticas de derecha y/o liberales… ¿tiene sentido creer que la solución es echarse en manos de otro partido que es aún más de derechas, aún más neoliberal, y que nos va a dar la misma sopa pero con el doble de ración? ¿No es eso castigarnos a nosotros mismos en el camino? ¿Acaso no tiene más sentido buscar las soluciones por otro camino que no sea el que nos ha llevado a esta dramática situación?

El partido aspirante al gobierno, el PP, tiene todos los defectos del partido saliente, pero multiplicados y amplificados. No sólo eso: además, a nivel social, sus adhesiones religiosas les hace tener comportamientos liberticidas y quasi medievales. Donde ya gobiernan están aplicando políticas de recortes salvajes en educación y sanidad, en una senda que lleva claramente a su privatización. Su candidato dice que la ley de dependencia es inviable. Que va a recortar todo menos las pensiones, es decir: van a recortar el subsidio de desempleo cuando más se necesita, con 5 millones de parados. Quieren acabar con los convenios colectivos, o lo que es lo mismo dejar al trabajador indefenso frente al empresario. Bajar impuestos a las rentas del capital, algo injustificable cuando dicen que hay que recortar servicios básicos porque no hay dinero. Pero hay mucho más: gays, inmigrantes, mujeres, estudiantes, sindicatos… todos están en su punto de mira. Si alguna vez tuvimos estado del bienestar, tiene los días contados con esta derecha más neoliberal que nunca.

La conclusión está clara: el PSOE está al servicio de los poderosos. Pero es que el PP son los poderosos, de cuna y estirpe. Lo mismo vale para CiU, la alta burguesía catalana de toda la vida, que lo primero que hicieron al llegar a la Generalitat fue reducir impuestos a las 500 familias más ricas de Cataluña (las suyas, claro está), para acto seguido recortar drásticamente la sanidad pública. Son el mercenario perfecto para el PP, tienen precio y están en venta al mejor postor.

Amigos y amigas: la inmensa mayoría de ciudadanos/votantes de este país somos trabajadores, obreros, currantes. Asalariados o autónomos, clase baja o media baja… no podemos, no debemos convertirnos en cómplices de partidos que no defienden nuestros derechos, que no nos representan, que no nos escuchan. Que están a las órdenes de la Bolsa, la Banca, la Patronal, la OTAN, la Iglesia… de cualquiera menos del pueblo. ¿Por qué votarles? ¿Para qué? ¿Para que nos sacrifiquen a todos en el altar del capitalismo neoliberal, a mayor gloria del dios dinero?

Reflexionemos. Busquemos dónde están los que sí son de los nuestros. Los que proponen ayudar a la gente y no a los mercados. Los que no están de rodillas frente al poder económico y financiero. Los que no son cómplices de esta estafa disfrazada de crisis. Existen, están ahí. Aún podemos elegir. Todavía estamos a tiempo de evitar salir del fuego para caer en las brasas. Hay una salida social, justa, solidaria. Una salida por la izquierda que no convierta a los causantes de la crisis en los beneficiados de la misma, que no nos haga pagar a los más débiles una crisis de la que no somos responsables.

Si hoy no hay reflexión, mañana habrá genuflexión. La del pueblo frente al mercado. La de la democracia frente al capitalismo salvaje. Los de abajo arrodillados frente a los de arriba. Nosotros, frente a ellos. ¿Es eso lo que queremos?

Feliz reflexión…

Encuestas, impuestos y otras trampas

[Artículo escrito el 10 de octubre para “Puny i Lletra” que recupero para el blog] 

Analizando la última encuesta publicada por el CEO, hay motivos para la preocupación. Lo que más llama la atención, sin duda, es que un 42% de los encuestados prefieran más recortes sociales a una subida de impuestos. ¿Sorprendente? En principio, sí. Aunque también es conveniente tener en cuenta que, en la situación actual, basta con pronunciar la frase “pagar más” para que cualquiera elija la otra opción sin pararse demasiado a pensarlo…

Hay otro detalle que no podemos pasar por alto. La encuesta habla de “pagar más impuestos”, genéricamente. Parece una pregunta hecha ex profeso para que la respuesta sea exactamente la que ha sido. Si la pregunta hubiera sido: “¿Prefiere usted recortes en sanidad y educación, o una subida de impuestos progresiva que repercuta en las rentas más altas?, ¿estaríamos hablando de los mismos resultados? En las encuestas, a veces es más importante la pregunta que las propias respuestas.

Aún así, no podemos negar que el problema existe. La ideología neoliberal se está instaurando incluso en la mentalidad de los que son las víctimas de ese sistema. Que 4 de cada 10 catalanes prefiera deteriorar la educación y la sanidad públicas a pagar más impuestos significa que, aunque en muchos casos ni siquiera sean conscientes de ello, abrazan las teorías neoliberales en un claro caso de Síndrome de Estocolmo. Parece que están dispuestos a renunciar al estado del bienestar, o mejor dicho: están dispuestos a aceptar que ese estado del bienestar sea sólo para los que se lo puedan pagar.

La pregunta es… ¿cuántos de entre ese 42% que no quieren pagar más impuestos están en condiciones de poderse pagar un sanidad y una educación privadas? ¿Alguien les ha explicado que, sin los impuestos, tendrán que pagar de su bolsillo a empresas privadas para que eduquen a sus hijos, atiendan a sus mayores y curen sus enfermedades? ¿Y que eso es mucho más caro que pagar impuestos?

Pagar impuestos, además de ser infinitamente más barato que pagar servicios privados, ayuda a crear una sociedad más justa y solidaria.  De los impuestos sale la educación y la sanidad. Pero también las pensiones. Los subsidios de desempleo. Los bomberos, las guarderías, las residencias de ancianos, la protección a víctimas de violencia de género, los programas de reinserción, las ayudas a discapacitados… todo lo que hace que una sociedad sea mejor y más digna.

Vamos por mal camino si renunciamos a las coberturas sociales en pos del sálvese quien pueda propio del neoliberalismo. Hay que hablar alto y claro para cambiar la tendencia que refleja la encuesta. Hay que explicar, sobre todo a las clases obreras y medias (me refiero a la clase media real, no a ésa que según la derecha tiene patrimonios de 1 millón de euros…), que bajar impuestos linealmente significa el fin del estado del bienestar. Significa poner una alfombra roja al capitalismo más salvaje. Significa dar la victoria definitiva a los causantes de la crisis. Y significa, sobre todo, que caminaremos hacia un mundo -aún más- cruel e injusto en el que quien no tenga el suficiente poder adquisitivo “de cuna” estará condenado a la desprotección, la desatención, la marginación y la falta de oportunidades.

Que no nos engañen los que no quieren contribuir al bien común porque se pueden permitir servicios privados, y no quieren pagar unos servicios públicos imprescindibles para la mayoría de la población. Que su egoísmo no nos contagie. Los que menos tenemos, los que sí necesitamos esos servicios públicos, los que más sufrimos para poder pagar nuestros impuestos, somos precisamente los que más debemos defender que pagar impuestos es necesario, es imprescindible.
Por supuesto que el actual sistema tributario es injusto y debe ser revisado con urgencia. Que pague más quien más tiene y que se acabe con el fraude fiscal, que más allá de crisis y mercados, es el verdadero cáncer de nuestra economía. Pero la solución no pasa por bajar los impuestos. La solución es que paguen más quienes más pueden pagar, y que se utilicen como se deben utilizar. Se llama justicia social. Algo en lo que este país empieza a tener un peligroso déficit.