En el siglo XVI proliferaron en el océano Atlántico unos marineros ladrones y pendencieros, conocidos como piratas… o corsarios. En realidad, la única diferencia entre unos y otros era que los piratas actuaban por libre, mientras que los corsarios lo hacían con el beneplácito del país de turno, que les permitía navegar bajo su bandera en lugar de hacerlo bajo la sempiterna bandera negra de los piratas libres. Algunos corsarios hasta llegaron a ser nombrados ‘Sir’ de la corona inglesa, como el famoso Francis Drake.
Resulta interesante el paralelismo con la situación actual en el asunto de la industria musical y los derechos de autor. Porque si para algunos quien comparte archivos es un pirata porque “roba” a los autores, entonces la definición de corsario viene como anillo al dedo a la Industria que no sólo ha explotado y exprimido desde siempre a esos mismos creadores, sino que además también “roba” a los ciudadanos/clientes inflando injustificadamente el precio a sus productos (no lo digo yo, hay sentencias que lo confirman), o cobrando un canon indiscriminado que vulnera sonrojantemente la presunción de inocencia. Son piratas con patente de corso, o lo que es lo mismo: corsarios.
La Industria llora. La SGAE llora. Los ‘superventas’ lloran, salvo honrosas y contadas excepciones. ¿Con motivo? Rotundamente sí. Por supuesto que sí. Porque su lucrativo chiringuito está en decadencia, condenado a muerte si no cambia radicalmente, y cualquier hijo de vecino llora y patalea cuando ve peligrar sus privilegios. Es humano.
Lo que no es de recibo es pretender camuflar su legítimo esfuerzo por defender esos privilegios como una lucha para defender la cultura; disfrazarse de paladines de los autores en un intento desesperado de lavar su deteriorada imagen, cuando la realidad es que el status quo actual es un cáncer para la cultura que deja en la cuneta de los pingües beneficios de la industria a miles de creadores, en muchos casos con bastante más talento que los que salen en todas las fotos e invaden radio y TV con “música fast-food”, gracias a carísimas campañas promocionales que más tarde hay que amortizar cobrando los CDs a precio de disco de platino.
La propia SGAE reconoce que sólo un 4% de sus socios gana anualmente cantidades por encima del Salario Mínimo Interprofesional. Es decir: un 96% de sus socios no gana ni para pagar el alquiler.
¿Es éste el sistema que hay que defender a capa y espada para “proteger” a los autores? ¿A qué autores? ¿Al 4% que se reparte alegremente todo el pastel, o al 96% que con el sistema actual se muere literalmente de hambre? ¿Es lógico que una asociación defienda con tanta vehemencia un sistema que sólo beneficia a un 4% de sus socios? ¿Es aceptable que un gobierno legisle contra la voluntad popular para blindar un sistema injusto y obsoleto que sólo beneficia a una inmensa minoría? Yo, como socio de SGAE que soy (lo admito), digo que NO.
No digo que el “todo gratis” sea la mejor opción, ni que sea justo. Todo el mundo debe cobrar por su trabajo. Pero me molesta profundamente que compartir cultura sin ánimo de lucro sea perseguido, cuando compartir es un valor a la baja que debería ser potenciado y no criminalizado en este mundo cada vez más egoísta.
Por supuesto, estoy en contra de las mafias que se enriquecen con el material creado por otros y explotando inmigrantes ilegales en las mantas. Esos sí son piratas. Pero ojo: también estoy en contra de los corsarios. Esos que, autoproclamados como defensores de los autores, no hacen sino proteger sus privilegios personales de ‘señoritos del cortijo’, en una huida hacia adelante para seguir teniendo en sus manos quién vende y quién no, quién aparece en los medios y quién no, quién accede a su selecto club privado y quién no. Y sobre todo, para llevarse su injustificable y enorme parte del negocio. Piratas que actúan bajo la bandera del estado, es decir: corsarios.
Acabemos con los piratas, pues. Pero empecemos por los corsarios.
Miky Corregidor




